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cuento


Rubén Vedovaldi, Argentina

MERCADO LIBRE

Envolver cualquier excremento en el mejor papel de regalo, hacerle el mejor moño y arrojarlo por la ventana publicitaria al son del jingle.

La historia es un slogan publicitario.

La ciudad, el mundo, todo es un mercado cambiario de cualquier cosa

Hay que arruinar la producción de la competencia

No hay más dios que el mercado y la publicidad es su profeta.

La propaganda multiplica panes y peces en el desierto

La publicidad convierte a la piedra en pan y al agua podrida en el mejor vino.

La publicidad enceguece a los que tienen ojos para ver y ensordece a los que tienen oídos para oír

La publicidad mata a los vivos y resucita a los muertos.

Aún cuando todo lo que existe sea la Nada y no algo,

hay que envolver esa Nada en brillante y colorido papel de regalo,

cantar el jingle  y arrojar esa Nada por la ventana publicitaria.

Por lobogabriel - 3 de Abril, 2010, 6:41, Categoría: cuento
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Daniel Battiston- Argentina

Extravíos nocturnos

 

Desde la esquina ve los vidrios oscuros de la fachada y el neón rojo y naranja que lo invita a acercarse. En la puerta hay un tipo que parece gitano cobrando la entrada.

-Veinte con una consumición.

Un billete rojo como el neón de la entrada pasa de manos y entra. El aire caliente le abofetea la cara, humo y voces quedas; algunas chicas bailan sobre la barra intentando seguir el ritmo del reggaeton. Quieren ser sensuales, quiebran las cinturas, giran, le dan la espalda a los tres tipos que se ahogan en whisky, se agachan y, por un instante, los tipos alzan la vista del vaso.

Camina. Busca una mesa. La encuentra no muy lejos de la entrada. Una chica se cuelga de un brazo y le habla al oído envolviéndolo con un aliento de cigarrillo y whiscola. No comprende las palabras que llegan viscosas. Le dice que no con la cabeza, pero ella continúa tomada del brazo.

-No -La voz suena como un vidrio rasgándose. Lo suelta y va hacia el fondo del local, donde hay otras diez tan iguales como ella.

La silla está contra el ángulo entre dos paredes. Desde aquí puede ver el lugar. Mira a los tipos de la barra y a otros frente al escenario vacío. Gritan, se ríen, hay uno al que lo vistieron de mujer en el centro del grupo. Una nena apenas mayor que su hija se sienta junto a él. Lo saluda con un beso y se queda callada con una mano en la pierna derecha.

-¿Tomás algo?

-Un café, y pedite lo que quieras para vos.

Se para sin dejar de mirarlo, acaricia su mejilla de la oreja hasta la comisura, y un dedo recorre el labio inferior de izquierda a derecha. Ella camina hacia la barra, hacia el fondo del local donde un tipo de camisa rosa espera tras la caja, y mira aquí y allá entornando los ojos como si fuera corto de vista.

Él mete una mano en el bolsillo del pantalón; saca una moneda y la alza entre el índice y el pulgar, es cuadrada y con un agujero en el centro. La chica habla con el tipo corto de vista y señala la mesa en donde él la aguarda. Juega con la moneda haciéndola girar entre sus dedos, se apoya contra el respaldo y espera. Ella habla con el tipo de la camisa rosa y el reloj que brilla bajo las luces.

Un golpe sobre la mesa lo devuelve al bar. No la ve llegar. No la ve dejar el pocillo junto al cenicero. La ve sentarse junto a él aferrada a un vaso escarchado. Ella apoya, otra vez, una mano sobre su pierna. No hablan. Un cigarrillo muere en el cenicero.

-¿Sos de acá?

-Eso dicen -No puede ver cuando ella levanta la ceja, la luz muerta del local cubre sus manos y sus ojos, se desliza por la cara al ritmo de la voz de la chica.

-¿Qué tenés acá? -Quiere esconder la moneda pero lo toma de la mano, y él se sorprende por la firmeza de sus dedos, serpientes blancas y ciegas – Qué linda. ¿Me la dejás ver?

Apoya la moneda sobre la palma, un gorrión dormido; luego ella la lleva hasta los ojos y mira a través del hueco en el centro.

-Se ve todo distinto -Ella se extravía en el trozo de metal, lo atraviesa, se deja arrastrar por ese ojo único- ¿Sos de acá? -no lo mira, no puede trepar las paredes, el fondo del pozo.

-Era de mi abuelo

-¿Quién? -Apoya la moneda junto al cenicero, como a un recuerdo amortajado

-La moneda. Mi abuelo la trajo de Etiopía, después de la guerra.

-¿Vos sos de acá? ¿Como te llamás? Yo soy Roberta

-Hernán -Se sorprende por no mentirle.

Ella acerca una mano. Los dedos se tocan, se reconocen, y la retira

-Te falta un dedo.

-Sí -Alza la mano izquierda para que la vea- se lo regalé a mi última amante.

Y se ríe. Ella vuelve a alzar una ceja y se frota la punta de la nariz.

-¿Qué querés hacer?

-Lo que vos tengas ganas.

-El hotel está al lado.

Ella se para y tira la silla. Los tipos de la barra miran hacia la mesa y vuelven al espectáculo de las bailarinas sobre sus narices, que vuelven girar sobre la barra y él deja un par de billetes arrugados en la mano de la chica, y vuelve a jugar con la moneda de su abuelo que vuelve a girar entre los dedos.

-Esperame, me cambio y vamos.

Se aleja apenas desvestida, el cuerpo menudo cubierto de augurios.

Él deja la moneda moneda sobre la mesa y se va.

Por lobogabriel - 16 de Marzo, 2010, 16:25, Categoría: cuento
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DÉJÀ VU -Por Gustavo Marcelo Galliano

“¡Hola, hola…Buenas tardes!, ¡Vamos, vamos!…

¿Cómo está Usted Señorita, se comportó bien Francisco hoy?…

Dale Frank, apurate, vamos que se hace tarde para la práctica en la Escuela de Fútbol.

¡Hasta mañana Señorita!… ¡Pero qué manera de haber gente amontonada esperando a los chicos!, parece el ingreso a la cancha… ¡cuidado señora, que está pisando a mi hijo!… ¿Me pareció a mí o ni me miró tu maestra?… ¡Claro!, en tremenda avalancha de gentío, cómo me podría prestar atención… pero podría ser un poco más simpática, una sonrisa a la semana no le produciría comezón… después dicen que hay seguridad a la salida… ¡cuidado señor!…

Dale nene, no ves que se hace tarde y tenemos que andar a las corridas. Sí, ya sé, seguro que preferís ir en taxi… pero si sabes que no tengo ni una moneda… dale, camina, camina más rápido… que se hace tarde… ¿cómo se llamaba tu maestra de primer grado?… ¿Ludmila?… ¿Lucrecia?… tiene un par de ojos tremendos… ¡Hay si algún día me mirara!, já… aunque no sonría, ni me mire, já…

Pero vamos, vamos,  camina un poquito más rápido que no te hace mal, dale. Y no me vengas con que la mochila es pesada, porque te compré una bien livianita, eh…y de buena marca, para que no hablen los demás. Vamos que el saber no ocupa lugar… así que apurate… y no me digas que estás cansado porque tuvieron gimnasia en la última hora… si no hacen nada… ustedes son bastante perezosos,  y  los profesores la ganan bastante fácil…

Mira, cuando yo era niño vivía en el campo. A una legua del pueblo. Me iba en bicicleta… ¿Cómo que es una legua… ni eso te enseñaron? Son unos cinco kilómetros… bueno, te decía que me iba en bicicleta a la escuela y ya llevaba la pelota de cuero en una bolsita. A la salida del colegio, nos íbamos con todos los amigos a la cancha del baldío de enfrente, y le dábamos hasta bien entrada la tardecita. Y así como estaba, bien transpirado, me subía a la bicicleta y pedaleaba bien fuerte la legua de regreso, que parecía más larga y empinada, para estar de regreso para la hora de cena, compartiendo la mesa… ¡Sino mis viejos…!

Llegaba destruido, con más tierra encima que el camino mismo… había cada guadal que las ruedas se hundían como en la nieve… y masticaba tanto polvo que se me fueron limando los dientes… entre el sudor y la tierra, llegaba todo embarrado, y encima nada de haraganear, a ducharse rápido y con el agua helada, hasta en pleno invierno, porque la garrafa de gas se reservaba para los abuelos primero y los padres después. La excusa era que el agua fría te reactivaba la circulación…já… si yo tenía la circulación como una coctelera de tantas horas de fútbol y bicicleta. Y cepillarse los dientes, y peinarse el cabello… esos remolinos enredados y pinchudos,  con pan de jabón blanco federal,  me hacen recordar a los tuyos…

Entre bocado y bocado del puchero se me cerraban los ojos. No veía la hora de acostarme. Pero aguantaba. Así se hacen los hombres, nada de andar quejándome… después de la cena, la tarea.  Y una vez en la cama… nada de dormir por un buen rato… primero había que repasar mentalmente en la oscuridad todas las jugadas del partido de esa tarde, para meter imaginariamente en el arco las que había pateado afuera… para soñar despierto con los goles que haría el día siguiente… ¡Qué cansancio ni ocho cuartos!… yo no protestaba nunca… jamás. ¡Y tampoco traía malas notas, eh! Porque sino me castigaban y me dejaban sin la bicicleta y la pelota por un buen tiempo… ¡y ambas eran sagradas!…

Y vos ahora te cansas por caminar ligerito estas diez cuadras… anda… los chicos de hoy son todos unos flojos… unos malcriados… ¿acaso no te das cuenta? El único padre que va con su hijo, soy yo… los demás ni ahí… todos llegan con sus mamitas, sus abuelas, o las “chicas que los cuidan”… ¡Por favor!… Vaya a saber que resultarán de grandes… por eso todo está como está en este mundo.

Seguro que los padres se justifican, “no puedo ir, tengo que trabajar”… ¡sí, seguro!… Se quedan en sus oficinas, o en el  after office hablando de mujeres, de “minas”,  entre ellos… eso hacen…les parece que es rebajarse el acompañar al hijo a la escuelita de fútbol… ¡Agrandados!… ¡Mediocres!… ¡Perdedores de billeteras gruesas!
Entonces, el que queda como un bestia soy yo, cuando me prendo al alambrado periférico y te grito alguna indicación… y ni que hablar cuando se me escapa algún insulto… las mamitas me miran con repugnancia… como si yo fuera un degenerado… ¿Qué saben ellas de fútbol, eh?… nada… ¿acaso yo me burlo al verlas lloriquear cuando cuentan el final de sus novelitas por la televisión?… no… ¿y entonces qué se tienen que meter conmigo?… si yo te traigo acá porque ya no hay potreros, las plazas son baños para perros, y la pelota no pica, queda encastrada en la porquería… entonces te tengo que traer acá… a correr en esta pista de cemento… y encima los “profesores” que te “enseñan fútbol”  no pisaron el césped nunca, no tienen la menor idea… pero total qué importa… las “mamitas  están contentas”…  trajeron a sus hijos a descargar tensiones, a descontracturarse, a desintoxicar stress y volver más “cool “a la escuela el día siguiente.

¡Y vos me salís con que estás cansado!… pero anda…

Eres el típico producto de estos tiempo modernos, pura tecnología. Todos los chicos se pasan horas y horas sentados como pavos reales frente al televisor. Si por lo menos mirasen algún partido… pero no… los señores miran luchas de dinosaurios robots, de mamarrachos con forma de escoba desflecada que lanzan “rayos láser”, figuritas mal dibujadas por japoneses que hablan en inglés subtitulado en español, héroes con trajecitos ajustados y de colores raros… ¡Por favor!… ¡Qué fácil que ganan dinero algunos!… y a costa de petrificar cerebros pequeñitos.

Yo lo único que miraba era al Patito Saturnino y al Lagarto Juancho… el Show de Carlitos Balá y su perro invisible Angueto y las canciones de la divina Silvia Mores… yo estaba enamorado de ella… ahhh…y solo un ratito los sábados y domingos al mediodía… y mira, me gusta el fútbol como a ninguno… en cambio ustedes los tecnocibernéticos siempre tienen problemas… juegan pero no les gusta la pelota en absoluto… es un compromiso para conformarnos a lo  adultos… después vuelven y se enfrascan en la TV o en la Play Station.

Vamos… apúrate, dale…

Yo me desvivo por vos. Te compro los botines ultra-livianos, esos de la propaganda, con la “célula de aire para mayor comodidad y ajuste al pie, que perfecciona la pegada”… y vos no corres ni dos metros… ¿sabes lo que me costaron?… de chico yo tenía unos botines de cuero que parecían acero… ni lengüeta tenían. Si le pegabas de lleno se te clavaban los cordones en el pie. Todavía tengo las cicatrices. Mira con los zapatos viejos que ando yo todos los días… y vos ni pedís la pelota… ¿no te das cuenta que tenés que patear al arco?… ¿para qué entras a la cancha a jugar y después pedís ser arquero?… te juro que si vas al arco otra vez, entro a la cancha y te saco de una oreja… ¡arquero!… anda…

Vos tenés que ser centrodelantero… vos sos el “nueve”, entendés… el “NUEVE”… y tenés que meter bien duro…

Si hay un córner, te paras al lado del arquero y lo molestas. Sos morrudo y grandote, él no te puede mover. Y entonces lo anticipas y cabeceas al gol… y a festejar al alambrado… ¡Pero cabecea nene!… me paso horas enseñándote en el patio con la pulpito y cuando viene un córner en la práctica, vos te corres para afuera del área… ¿te burlas de mí o le tenés miedo a la pelota?… decime, no agaches la cabeza, decime…
Me pones loco, y si te grito… las “minas” que me miran feo… bah…si por lo menos estuvieran lindas… pero los maridos las mandan tranquilos porque saben que son bagre y medio… sino, ya las iban a dejar venir… sí…

¿Vos sabías que tu papi ha sido un tiburón implacable?… me he comido cada pececito que ni te cuento y hasta… pero eso no importa ahora, no me cambies de tema… el tema pasa por tu actitud … ¿no te enseñé a pegarle a la pelota?… la pierna de apoyo bien cerquita de la bola y con la de impacto le das bien fuerte… los ojos en el arco… bien abiertos y enfocados en el perímetro de gol… si podes le apuntas al arquero, eso no falla, entra seguro… y shotea como te enseñé… le pegas abajo y se clava arriba, le pegas bien al medio y la clavás abajo… fácil nene, fácil…¿sí?… ¿entonces porqué cuernos no lo haces?… le pegas a la pelota como pifiada de billar, con un miedo terrible… ¿miedo a qué?… ¿miedo a qué?… ¡eh!

Vamos, apúrate que ya falta poco… dale…

Deja de quejarte y obedece, vamos, yo soy tu padre. Yo ya fui chiquito y aprendí, entonces vos me tenes que escuchar. Es para que no te golpees en la vida como me paso a mí. Hacéme caso y listo. Aprende de mis errores, no de los tuyos. Ganá tiempo. Yo hubiera sido un jugadorazo si no me agarraba esa neumonía… y después tuve que laburar como un condenado para mantener a mi madre, que quedó viuda, la pobre. Y encima, para empardarla más, me fui a casar jovencito con la Noemí… ¿Para qué?… de puro calentón nomás… capaz que hoy estaría forrado en dinero y hasta te podría traer en auto importado a la escuelita…

Aunque anda a saber… capaz que si tenía “guita”, me quedaba charlando como las maridos de las “minas” estas, y vos ni aprendías fútbol… que se yo… ¿Viste como me marca siempre la madre del colorado amigo tuyo, o me parece a mí? .. ¿nunca te preguntó por mí… no?

¿Ves que no tenés que ser un pobre tipo como yo?… Ni como esos vagos de porquería que andan hoy por la calle… mira allá más adelante en la vereda, ves así vas a quedar si no me prestas atención… vagos, drogones… Si algún día te veo con esos pelos y esa mugre, no serás más mi hijo, ¡Palabra!

Vamos que llegamos, dale, entra rapidito, entra, dale… vamos rapidito al vestuario que tenés que cambiarte… ¡Dale Francisco!… no me hagas enojar… escucha… escucha… ya se siente que los chicos están peloteando… y los bagres de las mamitas parloteando… vamos nene, dale, dale…vamos que tenemos que ganar… no me hagas quedar mal…”

“Rasta, ¿viste al tipo ése?…

Pobre, venía hablando sólo desde lejos el loco.

Primero pensé que estaba hablando por el celular, de esos  que vienen tipo “manos libres”, ah. Pero no, ni ahí… el tipo venía caminando y hablaba y hablaba solo. Hasta me miró feo cuando se dio cuenta que yo lo miraba. Ahí, justo delante de la puerta de la Escuelita de Fútbol.

Después entró. Solo. Cada vez encuentro más gente que viene hablando sola… esta ciudad se está llenando de enajenados, de loquitos, Rasta.

¿Porqué será… el agua estará contaminada?… no sería raro, viste que todas las porquerías de las fábricas las tiran al agua, para que se la lleve la corriente. Y los desechos cloacales también.  Já, en el agua no se marcan las huellas.
O en una de esas es la tecnología.

¿Viste que dicen que las antenas de los celulares te llenan de radiación?… dicen que eso te fríen el cerebro…

¿Rasta?… ¿Rasta?… ¿donde te metiste?… ¿No ves que me dejas hablando solo como un imbécil otra vez?…

¡Rasta!… ¡Raaastaaaaaaaaaaaaaa!”!!!!!!!!!!!!!!!!!.-

Por lobogabriel - 5 de Marzo, 2010, 14:34, Categoría: cuento
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Quino LUna, Argentina: EL FIN DEL MUNDO

Una maestra regordeta y de ojos claros le había dicho hacía muchos años que los antiguos tenían a las lechuzas como el símbolo de la sabiduría.

Y que los adivinos y las brujas las tenían porque podían mirar el más allá. Cientos de veces había visto dibujos y siempre la lechuza y la bola de cristal estaban junto a las encorvadas siluetas de las hechiceras.

Eso ocurrió cuando estaba en la primaria y la maestra lo había visto cascoteando una lechuza junto al alambrado de la estación.

-¡Sepa señor que las lechuzas también son animales de Dios y que son muy útiles aunque a usted no le parezca y sepa que en la antigüedad se los respetaba y hasta adoraba!...

El sermón había sido inolvidable, no por su rigor, sino porque le despertó tal curiosidad que a lo largo de toda la vida, casi sin darse cuenta había estado tratando de aprender sobre ellas.

Que giran la cabeza de tal modo que pueden ver toda la circunferencia alrededor sin girar el cuerpo. Que tienen independencia de movimientos en cada ojo de forma que puede ver en ciento ochenta grados a la vez. Que tienen hábitos nocturnos y pueden detectar el movimiento de un ratoncito a más de cien metros de distancia y tal vez por eso era que los antiguos las usaban para ver el más allá...

También había aprendido que los ranqueles les temían, porque les recordaba al chonchón, un gualicho que tenía alas blancas y venía volando hasta donde estaban durmiendo y les robaba la cabeza para llevarla a pasear por el campo, haciendo que vivan cosas que en realidad no pasaban y a veces  nunca se la traían de vuelta y el indio en cuestión amanecía muerto.

Quizás por eso la gente del campo, con sus exageradas supersticiones, pensaba que traían yeta y les tenían temor, recelo y aprensión.

Al principio no alcanzaba del todo a comprender porqué si los antiguos que eran más viejos que los indios y los paisanos  decían una cosa, estos que eran más modernos decían otra tan distinta y el criterio había cambiado tanto que mientras unos las adoraban como dioses, los otros las rechazaban como demonios.

Pero los años le iban trayendo experiencia y con ella comprensión: La diferencia estaba en que los antiguos eran de Europa y los otros eran de acá. Países distintos, costumbres distintas, sentimientos distintos.

Y aún así, pese a las diferencias de cada historia y cada evolución, entendió que en lo básico tenían grandes coincidencias: Todos pensaban que eran animales mágicos, que podían tomar contacto con los muertos, que poseían y usaban hechizos para cautivar o embrujos para dañar, que adivinaban el futuro y anunciaban la desgracia o la fortuna.

Y así fue que entregado a su afición por las lechuzas, había buscado, encontrado y decidido elegir, tomándola como propia, una creencia de los primitivos guaycurúes que las adoraban, usaban sus plumas como amuleto y las protegían religiosamente porque creían que durante la noche el universo se deshacía y al amanecer se empezaba nuevamente a armar. La importancia de las lechuzas estaba en que ellas,  por estar despiertas toda la noche guardaban la memoria de cómo eran el mundo y las cosas antes de la oscuridad, lo que permitía que al día siguiente todo vuelva a estar en orden, es decir, que de no ser por ellas, tal vez una mañana el mundo ya no podría rehacerse y sería el fin.

Esa leyenda le agradaba más que las otras porque al otorgarles la sabiduría a partir de la razón y no de la magia, era más fácil de explicar como creencia y justificar como fundamento para sí mismo, que habiendo empezado cascoteando a las lechuzas, se había convertido en su fanático protector y además, en gran discutidor de creencias vulgares, aunque en el pueblo ya no encontraba nadie que quisiera discutir el tema con él.

Por eso, cuando llegaban forasteros a reparar sus relojes y veían en el potrero de enfrente a las lechucitas criollas custodiando, los observaba esperando que tocaran el tema, para largar todo el rollo de su propia superstición.

Y siempre caía alguno porque la suya era la única relojería en un tramo de cinco estaciones de tren, y su pueblo por la importancia del comercio, era un paso obligado para los viajantes y una pequeña Meca para los chacareros de la región.

Gran parte de su vida era ese placer de encontrar  de vez en cuando, alguien que se interesara en la conversación de las lechuzas, los mitos, las anécdotas y cualquier asunto por trivial que fuere, que les hiciera referencia.

Casi como esperando eso salía a la puerta cada vez que escuchaba llegar el tren, se quedaba un rato mirando la calle y luego de confirmar que las lechuzas estaban en el potrero, volvía para calentar un poco más de agua y ensillar el cimarrón, que lo acompañaba todo el día.

Esa tarde había salido por el tren de las 20,23, y sin saber porqué recordaba a su maestra mientras cruzaba miradas con una lechucita parada entre un hormiguero y un cardo.

En eso, por la cale y levantando terrible polvareda, la F100 de los Carbone, encaraba para el campo con las escopetas y varios muchachos sentados en la caja. Podía adivinar la damajuana calzada entre la goma de auxilio y la cabina, tapada con la lona y el reflector arriba, más al alcance de la mano.

Los miró hasta que se perdieron a lo lejos. En su cabeza flotaban las imágenes de las liebres encandiladas, gambeteando hacia la noche, tratando de escaparle inútilmente a la perdigonada y luego el tanteo del peso, la vuelta de vino y las felicitaciones por la hazaña. ¡Muchachos salvajes! dijo y entró.

No podía dormirse bien aunque ya no hacía calor y ese otoño entregaba noches espléndidas, inolvidables.

Su infancia, su juventud, su madurez, su esposa, los chicos chicos, los viejos idos. Un carrusel que iba y volvía, visto pasar como desde los ojos de una lechuza.

Y ya era bastante tarde cuando escuchó en la calle el motor de la F100 que volvía a toda velocidad. – ¡Ahí van, seguro que para la Lucecita Azul a terminar la fiesta!...

Escuchó también clarito, que aminoraban la marcha y el tiro de escopeta que lo sobresaltó. ¡La lechuza!... ¡Que los parió!...

Apenas hubo luz, puso la pava en el fuego y salió a ver.

Si había tenido la esperanza de que les fallara la puntería, enseguida vio que no. La lechucita estaba muerta entre un desparramo de plumas. Miró el cielo y pensó: ¡Parece que amanece igual. Tal vez el fin del mundo no empieza hoy!

Estuvo mateando un rato y decidiendo si recogía las plumas para usarlas de amuleto como los indios o ponerlas como adorno en un cuadrito y de paso pedirle favores como si fueran un icono.

A eso de las diez fue a comprar el diario. El presidente decía: “Ramal que para, ramal que cierra”  y aparte: “La ley de privatización entra hoy al Senado”. “El cierre de los ferrocarriles preocupa a los gobernadores”. “Muchos pueblos del interior podrían desaparecer”

Volvió a su casa. Se sirvió una caña y se sentó en la orilla de la cama, derrotado, con ganas de morir. ..

Sin la lechuza, su mundo no se había podido rehacer. Era el fin.

Por lobogabriel - 27 de Febrero, 2010, 17:04, Categoría: cuento
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CONFESARÁS TUS PECADOS- Por Gustavo Marcelo Galliano

                No pude controlarme más. Esa noche tenebrosa discutimos acaloradamente, más de la cuenta, y lo confesé sin tapujos ni reparos. Sabía muy bien que la ofendería, se sentiría humillada, bastardeada. Que no lograría superarlo ni perdonarme jamás.

Pero estaba realmente harto. Hastiado. Ya no toleraba sus celos infundados, sus persecuciones dialécticas. Sus falaces acusaciones plagadas de malicia. Que revisara en cada madrugada mi agenda, mi teléfono, mis bolsillos, mis recuerdos, hasta mis sueños por soñar. Siempre tratando de capturarme “in fraganti”.

Exploté como un volcán incontenible y colocando mi rostro muy cerca del suyo, se lo confesé gritando. Gritando a rienda suelta. Gritando desde lo profundo del alma. Mi esposa irrumpió en llanto, en convulsiones, en reproches entrecortados. Su histriónica histeria se desplegó en chillidos, chirridos, gemidos, pataleos. Se babeaba furiosa cual hiena desorientada, mientras balbuceaba frases como: “Mi madre siempre me previno… que eras un degenerado… un desgraciado  infiel… un pervertido”.

Me serví un trago,  respiré profundo y me senté en el sillón. Sinceramente gozaba contemplando su desquicio. Su andar de fantasma errática. Frenética. Despeinada. Gocé de mi vodka doble, tridestilado, con zumo de naranja y observé el ir y venir por la sala de sus pasos incoherentes, inconexos.

Poco a poco fue recobrando la calma, y se dirigió hacia nuestro cuarto; preparó sus maletas y se marcho en silencio, regalándome un estruendoso portazo, que tronó de maravillas. Se llevo nuestro auto.

Suspiré aún más profundo, feliz, relajado. Me serví otro trago. Resultaba un enorme alivio haberle confesado mi pecado, aquella culpa que me corroía en silencio. Y aquél fue el momento apropiado. La síntesis del éxtasis en el génesis.

Era imposible continuar callando.  Ya no podía seguir ocultando, que allá, por el sexto grado, portando mis once años, me enamoré de mi maestra. Imposible continuar callando.-

Por lobogabriel - 24 de Febrero, 2010, 15:56, Categoría: cuento
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Juan Benavente- Perú

LA ADVERTENCIA

I

                Luego de haber seguido una serie de seminarios y cursillos relacionados al problema disciplinario y tratamiento conductual de la niñez, mundo tierno y majestuoso que por todos los medios intentaba auscultar el entusiasta profesor, Julián Carreño.

 

                Llevaba su cuarto año de enseñanza. Manifestaba insistente sus posibilidades inherentes a su persona de encontrar resultados favorables. Caracterizábase además por ser uno de los que planteaba innovaciones con respecto al método de enseñanza.

 

-                                  Que bien profesor Carreño…, cuanto ha cambiado el Cuarto Grado; ahora entro y   

      encuentro otra atmósfera.

-                                  Bueno colega, sabía que esto iba a resultar y hasta he llegado a pensar que es infalible.

-                                  Muy bien… ¡Muy bien! – elevando la voz – continúe usted con esa política educativa. Me parece maravillosa y a propósito ¿puede decirme el secreto?

-                                  Realmente es sencillo. Mire usted – caminó tres pasos y se sentó en el frío banco, cerca de la pileta ubicada en el centro del patio del plantel y empezó a explicarle mientras disimulaba alguna sonrisa causada por la gracia de la forma como hacía referencia el profesor Carreño. Al culminar,  sentenció - …total, cada cual le da un valor al grado de estudios.

-                                  ¡Ah! Por supuesto, buena medida, lo felicito y ¡Hasta luego!

 

      Le estrechó la mano y se retiró, mientras a lo lejos observaba a los niños de Inicial que saltaban y aplaudían alegres juntos a su maestra.

 

II

                       Encontrábase en el Segundo Grado, el bullicio ensordecedor continuaba. El profesor Carreño con aires de un Todopoderoso exclamó:

 

                   -  ¡Silencio!

 

         Los niños se callaron abruptamente…

 

        -  ¿No saben ustedes que están en un colegio? ¿A qué se debe tanta bulla? Ahora me voy a fijar bien para saber de aquellos que hacen tanta bulla para bajarlos de grado. ¿Cómo es posible que los jovencitos del Segundo Grado, estén portándose como bebitos o niñitos del Primer Grado? ¿Está bien?, díganme ¿está bien?

                     -  ¡Nooo! – Los niños respondieron en coro.

         -  Entonces, pórtense bien porque sino inmediatamente les hago bajar de grado.

 

         Efectivamente, los niños permanecieron en silencio, haciendo en lo posible el menor ruido…, luego de una pausa, comprendió que una vez más había triunfado. Culminó su hora de clase y se fue airoso del salón, tratando de darse un incalculable valor, casi con el ánimo superlativo de patentar a su nombre esta innovación que desde luego ya era un aporte a la educación;  propio tal vez como imaginaba a un gran  reconocimiento, de repente el de las Palmas Magisteriales o perfilarse como un noble pacificador que el mundo urge.

 

III

                         Al otro día, luego de haber cumplido satisfactoriamente su cometido con los demás grados, le quedaba sólo el Primer Grado. Consideró haber pasado lo más difícil. Se felicitaba y recomendaba incesantemente aplicar este método y siempre recordando que era de él, cada vez que hacían alusión al respecto.

 

          Cuando llegó al aula del Primer Grado, encontró la permanente bulla.

 

        - ¡Silencio! ¡Buenos Días Niños! - como de costumbre los alumnos respondieron poniéndose  de pie y de inmediato se sentaron, el profesor continuó.

 

        - ¿Por qué gritan tanto? ¿No saben acaso que se encuentran en un colegio?

 

      Él, se dio cuenta que era oportuno y prosiguió.

 

        - En un colegio el alumno se debe portar bien. Ustedes jovencitos, ustedes no merecen estar en el Primer Grado. ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Ustedes en el Primer Grado y gritando? No me hagan reír. Eso no puede ser.

 

          Los niños, escuchaban muy atentos, mas sus miradas se posaban directas como dardos en el primer blanco siguiendo los gestos y ademanes de “profunda preocupación”. Notábasele agitar las alas nasales y por momentos encarrujaba la frente en señal de disconformidad y explosiva amargura.

 

-                                  ¡Si siguen así! Yo me encargo de regresarlos a Inicial y repito… ¡si siguen así, van a regresar a Inicial! ¡Entendido! – de inmediato preguntó –  ¿Quiénes quieren ir…? ¿A ver quiénes quieren ir? – insistió - ¡Quiénes!

 

          Los niños, unos asustados, otros tal vez tratando de interpretar la actitud del profesor. En fin se miraban entre sí, hasta que una niñita, Gina, cuyos ojos grandes como su inmensa e inseparable alegría, su propia sombra, sorpresivamente saltó desde su carpeta como un resorte y furibunda exclamó:

 

  -   ¡Yo! ¡Yo profesor! ¡Porque ahí juego y canto!

 

           El murmullo y la sorpresa corrieron cual ráfaga de rayos y destellos. Inmediatamente todos a la vez dejaban atrás sus carpetas. Al instante el profesor Carreño se encontró en medio de una nube de niños que con gritos ensordecedores y jaloneos de su casaca, pedían a viva voz ir a Inicial y el “¡A mí!” y “¡A mí!” se generalizó como un zumbido intermitente que invadió el cierto orgullo de lo poco que conservaba con mucha pretensión, al igual su paciencia.

 

EPÍLOGO

 

          El profesor Carreño, se quedó atónito, porque jamás se imaginó que su método iba a fracasar justamente en el Primer Grado, pues lo daba por descontado. Trastabillando y tratando por sobre todo reflexionar ante tal inconveniente atinó sólo a sonreír y avergonzado se sintió consigo mismo al no poder cumplir la demanda masiva de los pequeños que continuaban alardeando.

 

Juan Benavente / Lima, 1990

Por lobogabriel - 15 de Febrero, 2010, 15:27, Categoría: cuento
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Cristina Villanueva, Argentina

Salsa
 .La infancia no siempre es feliz pero al menos es verdadera. 
Ahora casi no hay olores.Un gran desodorante  parece llover desde el cielo e iguala.Las cocinas no muestran el secreto, debe ser por el tiempo, una salsa que se cocinaba a lo largo de horas abría su esencia en los aromas.Recuerdo el avance nuestro sobre el terciopelo oscuro, ese rojo oscurecido  por  la carne, con un pancito como arma.Me mama se oponía,al asalto,  había una lucha que ganábamos.En ese tiempo las mamás disponían de tiempo y mientras todos lo elementos largaban sis olores nosotros anticipabamos el gusto.Esos momentos previos, los de la larga cocción, eran como sucede en el amor, quizas los más importantes.Los que alimentan el alma y se extienden hasta acá.Cuando la miga de ese pan rojo hace tanto que se perdió.Las mamás podían dedicarle ese espacio a las comidas  porque no trabajaban fuera de la casa.No sé si eso siempre era bueno para los niños, pero seguro era bueno para las salsas.     

Por lobogabriel - 12 de Febrero, 2010, 15:41, Categoría: cuento
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Delfina Acosta- Hora nocturna


La anciana se hallaba sentada sobre la silla de ruedas, siguiendo con la mirada los movimientos del animal. Era un angora de ojos relampagueantes sumergido en la penumbra del patio cuya humedad  parecía oler, por momentos,  a las adelfas. Siempre los gatos me han parecido animales fantásticos. De un salto estaba caminando ya sobre el tejado de la casa vecina, y los perros de la calle, al divisar su figura escribiéndose en la  luna llena y rojiza, se largaron a ladrar enfurecidos.
- Ella casi no da  trabajo - me dijo la señora Esperanza. Tenía el cabello de color ambarino, la nariz aguileña, las gafas oscuras, y esa atención falsa, excesivamente amable, que ponen  las mujeres movidas por un propósito urgente.

No hubiera  querido  trabajar como dama de compañía, pero la larga enfermedad de mi padre, con su amarilla cara de vela que se derretía,  y el cigarrillo apagándose - a menudo  - en su boca salivosa, me empujó  a presentarme como la candidata solicitada en el diario: “Se necesita dama  de buen trato, aseada, responsable, con conocimiento de primeros auxilios, mayor de treinta años, sin retiro...”.
El té de chamomilla estaba caliente.
Y la bienvenida muy afectuosa, aunque difícil de sostener, a ratos, por la mujer, quien parecía cansada.

Después de decir que sí a cuatro recomendaciones puntuales, llevé  a la anciana a su habitación.
El reloj de pared marcaba las ocho de la noche.

Con la cabeza reclinada sobre la almohada de  su cama (usaba dos jergones viejos) se largó a hablar: “Él estaba enamorado de mí. Cuando yo ejecutaba “Para Elisa”, de Beethoven, en el piano alemán de la familia, sus sentimientos parecían accidentarse porque se le caían  las lágrimas. Claro que Beethoven es trágico, patético, apocalíptico. No hablábamos casi. Es decir, sí, un poco. No nos decíamos aquellas palabras con que se aprietan  los novios, contra una muralla, en la oscuridad, pues éramos dos tímidos chicos de la alta sociedad que crecimos con el más austero sentido de la vergüenza. Tratándome de usted, escúcheme señorita  Teresa, ¿puede servirme un poco de agua mineral?,  me preguntaba si había leído el libro de San Agustín, o de Platón, y cómo me sentía; yo,  con el usted también en la boca, le contestaba que mi bien era su persona, su presencia, o sea su esmero, por no decir gala: aquel traje de gabardina azul con estilo que olía a sustancia parisiense   y esa tira de seda  negra anudada a su cuello; le juraba que mi contentamiento estaba en  él, sentado allí,  sobre la silla de mimbre, a una baldosa de distancia  de las penumbras de la sala, siempre decente, como correspondía, sin pasar de largo el horario de visita. Éramos una familia de método, o sea, de reloj”.
 Zas!
 La vieja deliraba.
 La chochera..., la mente ida..., pero era previsible, después de todo.


 
Así son las personas de edad. Rememoran  a sus novios muertos hace muchos años. Hablan de largos viajes que hicieron en un trasatlántico,  y te preguntan  si has viajado con ellos en el buque de la compañía tal, y si recuerdas  los apellidos de los pasajeros de primera clase, los apellidos  que salían a relucir en los saludos de presentación, y quieren saber qué impresión te han dado   aquellas nuevas amistades italianas que con  sus copas demás y el mareo volcaban la noche titilante sobre la cubierta del barco de modo que el mar caía en el cielo.
Le indiqué que debíamos dormir.
Señora..., señora..., está por dar las nueve...
No me respondió; estaba  ya  dormida.

No podía conciliar el sueño y era ya pasado el espectáculo  de las estrellas y entrada la función  de los murciélagos. Un benteveo aventaba una queja lastimada al viento  y una fina llovizna caía sobre los cipreses de la vereda; estaba pues yo  cargando con el fardo  de la hora nocturna que se acentuaba con el silencio asmático de la habitación.
 El benteveo empezó a picotear la rama; hacía un ruido de segundero de reloj de pared;  la anciana habló.

“Aquel día de octubre apareció por el pueblo un hombre cojo y  acuciado por la sarna. Quería ganarse unos cuantos pesos, sólo unos pobres pesos; llegó hasta  el portón de mi casa, me ofreció su servicio de jardinero, y no se lo creí. Cuando yo no creo me suelo enojar. Lo dejé pasar, sin embargo. Me habló de las flores, de las petunias, de las hortensias, de las caléndulas, y me reveló  las propiedades medicinales de ellas, que las anoté en el papel de mi delantal. Para el alma, los jazmines; para el despecho, los ranúnculos;  para la traición, las rosas imperiales; y  las plagas  de las violetas para el dolor del corazón”, dijo con una voz a la que a veces parecía no llegar a tiempo, acuciada como estaba por  sus bronquios llenos de catarro y el inicio de una tos ferina.
- ¿Y usted le creyó?
- Pues sí. Además me leyó el futuro. Me dijo que sería adinerada.
Estaba fantaseando demasiado. Por momentos me preguntaba si ya había amanecido;  le contestaba  que no. Entonces ella me explicaba que era la hora en que las aguas del río se limpiaban, porque el río no es más que ropa que se lava,  y que la gran crecida llegaría en tres días de modo que la casa perdería, para siempre, su collar de diamantes. Un acceso de tos le tapó la boca.
Y un sueño pesado cayó sobre mí.

Dos personas en la calle discutían mientras orinaban  en la vereda. Estaban ebrias. El de la voz grave quería ponerse de acuerdo con el de la voz aguda para cesar de discutir y perpetrar de una vez el delito. Como no existía perro que defendiera la mansión calculaban   que se meterían  con cierta facilidad en la sala y se llevarían las alhajas de oro,   y aquel anillo de diamante de la Lynch, que sobrevivió al saqueo de la guerra grande, según me había relatado cuatro veces  la vieja, aunque yo le dijera que ya le había oído relatarme.
Los oí discutir mientras la calle empedrada los llevaba para abajo, hasta que se los tragó una esquina sin iluminación y el último fogonazo de un auto que perdió bruscamente la dirección.
 Adiós, borrachos. Adiós.

A las diez de la mañana serví a la anciana café con leche, huevos de codorniz revueltos, rosquillas de anís  untadas con dulce de leche y una presa  de pollo.
Comía  sin apuro y bien.
 Saboreaba el desayuno como si fuera el primero de su vida.
Se tomó su tiempo que era mi tiempo.
- Lleve la bandeja al perro para que lo limpie - dijo.
No  había lebrel,  dogo,  perdiguero, pastor alemán, ni criatura parecida a un perro, ni pulga siquiera, salvo la sombra de la estatua de la pitonisa de bronce, en el  corredor, que tomaba, a veces, la forma de un animal dispuesto a saltar sobre su presa.


Calamidad: La señora Esperanza desapareció. Me echó el fardo,  su madre, encima. Ninguna nota, ninguna carta, ni siquiera una grasienta esquela, nada. La busqué en las calles. Y más allá de las calles, en los domicilios de los muertos, en las aguas. Pero los estibadores no habían visto a ninguna mujer con sus características caminar  por las orillas del río. Y las olas, con su piel escamosa y sus láminas doradas,  sólo habían arrojado a las playas dos enormes pescados muertos y una chapa oxidada.
Pasaron tres días y tres noches.
Ella me contaba, a la hora nocturna, los cuentos de sus delirios.
Aquella noche goteaba.
Tres gotas sobre un batráceo. Más gotas...
El sacudón de un relámpago que cayó cerca de la iglesia Catedral apuró sus palabras.

“Mi esposo me amaba. En el primer aniversario de nuestra boda me regaló un collar de diamantes y un traje enterizo de  color bermejo. Un auténtico Chanel. Yo le dije que para qué, que con  su cariño me tenía por bien vestida. Ah.... el collar... Y había ocasiones en que lo usaba, contadas ocasiones, desde luego... ”, suspiró.
- Dónde está el collar - me encontré diciendo,  desesperada, pues nuestra situación era calamitosa por donde quiera que se la mirase.
- ¡Ajá! ¡Conque resulta  que me cree! - respondió triunfante. Por fin alguien le daba un voto de confianza, algo parecido a un cariño, antes de caer el telón sobre su vida.
- Siempre  creí en usted. 
- Búsquelo    en   la chimenea, debajo de un ladrillo marcado con una cruz gótica.
 Salí disparando de la habitación. Escarbé. Torcí mi dedo índice.  Tal vez arañé.  Forcé la caída del ladrillo con una horquilla para heno. Ahí estaba, con sus ojos de perro en la obscuridad, mordiéndome casi la mano, como si se defendiera rabiosamente de  la luz.
Volví cantando a la habitación de la anciana. Y ella, maravillada de mi humor, cantó conmigo.

Afuera llovía. Era noche cerrada con sol

Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 14:57, Categoría: cuento
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Julio V. Altman - EL HINCHA

Sandrini iba a la cancha todos los Sábados, era uno de los más famosos de la barra brava.  Otro tiempo, sin merca y con menos violencia. De ves en cuando alguna peleíta, calenturas de potrero, pero no pasaba a mayores.

Yo lo veía cuando Almagro jugaba de local y me iba a la cancha con los diez centavos del seguro y mis pantalones cortos que me aseguraban el derecho de los pibes a ver fútbol y participar de aquella ceremonia pagana con gusto a Pomona y olor a choripan.

El hincha era un personaje que salía de lo común ante mis ojos que revisaban ese mundo que estaba de estreno, todavía.

Con su gorra clavada sobre el pelo negro que chorreaba grasiento y desordenado sobre sus orejas y la gestualidad natural que le valía el apodo, era la voz que yo podía reconocer en medio de los gritos y los cantos cuando las tablas de la tribuna parecían de goma y la hinchada una muchedumbre de títeres desafinando gloria y bronca.

Alguna vez, revisando la cinta me pregunté qué hacía en la cancha, si el deporte no era lo mío y la número cinco un misterio cuadrado.  Yo que alguna vez intenté atajar alguna pelota cuando no había ni un manco como opción y aún tengo dudas sobre qué es un corner o un tiro libre.

Obviamente cuando los pelos de las piernas ya se me notaban demasiado y mi figura flaca no podía disimular el abandono de la niñez, la aventura de mezclarme en ese hervidero de pasión y personajes se fue a la historia.  A Sandrini lo ví la última ves en un partido que jugamos contra Chacarita y perdimos por un gol en contra. Lloraba agarrado del alambrado como si le hubieran matado a la novia.  Tenía puesta la camiseta tricolor empapada en sudor y su voz se había vuelto más ronca.

Un día pasado los años, la volví a escuchar, cuando hacía antesala en el despacho del gerente del banco provincia, iba en busca de un crédito que nunca obtuve, dígale que tiene que traer la carpeta y dos garantes, le dijo a su secretaria. Era la misma que se deshacía contra mis tímpanos con esa clave sonora que ahora es una nostalgia perdida entre cosas perdidas: Almaagro, Almaaaagroooo.

Por lobogabriel - 29 de Enero, 2010, 9:37, Categoría: cuento
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Rubén Antolín Heredia - Argentina


 
Mi segundo encuentro con Keith Richards - Homenaje a un Grande.


 Mi segundo encuentro con Keith Richards fue ayer, por la mañana. El primero, el que permitió que nos conociéramos y forjáramos nuestra amistad, fue hace unos dos años. Ese día, recuerdo, yo acababa de demorarme en la vereda de una disquería buscando en unas bateas de ofertas un cd de Ricky Maravilla. De pronto, a una cuadra, frente a un hotel grande y lujoso, veo un gentío que ocupaba la vereda y parte de la calle.
– Acá pasó algo – me dije, acercándome.
– ¿Qué pasó? – le pregunté a uno.
– ¡Los Rollings, ya llegan los Rollings! – me contestó el tipo, entusiasmado y mirando hacia la calle.
– ¿Los Rollings?, ¿los de verdad? – pregunté -, yo soy rolinga de la primera hora – recordé, empezando a gritar y a saltar: - ¡Los Rollings y Perón, un solo corazón! ¡Los Rollings y Perón, un solo corazón!
Una mujer me miró con asco, y eso me llevó a cambiar la arenga:
- ¡El que no salta es un Beatle! ¡El que no salta es un Beatle! – grité dando saltos y haciendo la sonrisa de Jagger con los dedos índice y pulgar.
Pero nadie alcanzó a seguir mi iniciativa, en ese momento una larga limousine se detuvo frente a la puerta del hotel y todos se abalanzaron sobre ella. Varios policías tomados de las manos, apartaron y retuvieron a la gente manteniendo un pasillo por donde los Rollings podrían pasar.
El primero que bajó fue Mick Jagger. Era como lo había visto en las revistas: flaco y feo y con una boca inmensa que sonreía permanentemente. Miró hacia todos lados sin ver a nadie. La gente gritaba enloquecida y algunas chicas parecían desmayarse. Sin dejar de sonreír, Mick saludó levantando una mano y pasó rápidamente al interior del hotel.
Ron Wood y Charlie Watts bajaron casi juntos, se acomodaron un poco la ropa y respondiendo al griterío con una sonrisa y también levantando las manos, entraron al hotel.
En el largo y oscuro automóvil quedaba uno.
- ¡Falta Keith Richards! – dijo una chica mordiéndose las uñas.
En ese momento bajó Keith. Era viejo y feo, como los otros, pero era más simpático y se veía que sonreía con más sinceridad.
Se detuvo en la vereda mientras la gente, alucinada, empujaba a los policías, tratando de tocarlo.
- ¡Hey Keith, hey Keith! – empecé a gritar yo, aprovechando que, por mi altura, él podía verme bien.
Keith me escuchó y me miró. Enfocó en mí esa mirada cetrina que conserva, a pesar de las arrugas, y me sonrió. Allí se forjó nuestra amistad.
- Mon amí, mí siente mucha satisfexion de verte – le dije gritando y tratando de que me entendiera.
Keith me guiñó un ojo, levantó una mano con el pulgar hacia arriba y luego, bajando la vista, entró al hotel seguido de un griterío infernal. Pero ya éramos amigos, allí había más de doscientas personas y al único que Keith había mirado a los ojos y saludado así era a mí. Yo sabía que no olvidaría mi rostro, como yo tampoco olvidaría el suyo.
Eso fue hace unos dos años, y el segundo encuentro, como ya dije, fue ayer, en Plaza Once.
Yo venía por la vereda de Rivadavia y me detuve a mirar unas medias que vendían a tres pares por dos pesos. Estaba por pedir rebaja, porque las que tengo ya están medio transparentes, cuando giré la cabeza y lo vi.
Era Keith, Keith Richards. Venía caminando por la vereda en mi dirección, con toda naturalidad, como si fuera uno más.
En seguida noté que estaba allí de incógnito. Se había puesto un largo y viejo abrigo y calzaba unas alpargatas algo desflecadas, pero su cabellera alterada y sus ojos brillantes y pícaros eran inconfundibles. Era él, a mí, a su amigo, no podría engañarlo nunca.
- ¡Keith, mon amigo! - le dije acercándome a abrazarlo.
Keith se detuvo y se dejó abrazar sin hablar, seguramente para que su idioma no lo delatara ante los transeúntes.
- Keith, soy yo, el del hotel, allá, cuando viniste con tus amigos, hace unos años, ¿te acordás? – le susurré al oído, recordando su condición clandestina.
Pero Keith no contestó; guardaba silencio mientras me miraba, seguramente recordando los buenos tiempos pasados desde que nos conociéramos.
- Keith, ¿cuándo llegaste? ¿estás de cayetano? ¿Alguna minita, tal vez? – le pregunté en voz baja, pegándole un codazo cómplice.
- ¿Qué te pasa, pibe? ¿Sos trolo? – me preguntó de pronto en un perfecto castellano. Reconozco que, a pesar de ser su amigo, ignoraba que dominara nuestro idioma, pero en ese momento recordé que una estrella internacional debe estar preparada para comunicarse en cualquier país.
- ¡Ehhhh, Keith, me extraña!, ¿ahora no me conocés? Hacé memoria, vos llegaste en la limousine al hotel, ¿te acordás de eso?, ¿y quién estaba ahí, eh? ¿Quién estaba? Dale, pensá,... Papá estaba, yo estaba, ¿me ubicás ahora?, el flaco, alto, que estaba atrás, ¿te acordás que me miraste y me hiciste así, con la mano?
La mirada de águila de Keith seguía escudriñándome en silencio. Su disfraz era perfecto y nadie de los que allí estaban sospechaba que ese hombre con aspecto de cartonero, era el guitarrista de rock más famoso del mundo.
- ¿Tomamos un café? – le pregunté.
- No, café no, pagame un pancho, estoy cagado de hambre – dijo cambiando su parca actitud.
Caminamos hasta un carrito cercano y le compré un pancho. Lo miré mientras comía con avidez; podía advertirse cómo disfrutaba con esas simplezas que su habitual vida de super famoso le privaba.
- Pagame otro, esto no llena a nadie – me dijo.
Compré otro pancho y se lo alcancé.
- ¿Un vinardo, tal vez,... para bajar los panchos? – le sugerí.
Arrugó un poco más su cara; por un instante pensé que me decía que no, pero aún masticando, dijo:
- Si hay blanco, mejor, el tinto me hace eructar – y para demostrar lo que acababa de decir, Keith eructó ruidosamente.
- ¿Ves? – dijo -, de sólo nombrarlo ya me cayó mal.
Pedí un vaso de vino blanco y se lo alcancé. Mientras devoraba el segundo pancho, alternado con tragos de vino, le pregunté:
- ¿Estás parando en el Sheratton? ¿Y los otros vagos? ¿Vinieron con vos?
Como estaba masticando no me contestó inmediatamente, pero me hizo una seña juntando tres dedos hacia arriba.
- Ya sé, te dejo comer tranquilo, no te calentés – le dije.
Los autos y la gente pasaban y pasaban y yo pensaba si alguno se imaginaría siquiera que allí, en esa plaza tan conocida y tan argentina, estaba uno de los más famosos músicos de la historia del rock mundial. Debía admitir que Keith estaba casi irreconocible y yo, de no ser por la amistad que nos unía, también podría haberlo dejado pasar. Era un Dios, pero con esas ropas y comiendo un pancho, casi, casi, era un mortal más.
- ¿Cómo anda la viola? ¿Siempre le seguís dando? No vayás a largar, mirá que vos sos bueno - le dije cuando lo vi limpiarse la boca con la manga del saco.
Keith, por toda respuesta, escupió sobre la vereda y se rascó enérgicamente el ombligo.
- Un bicho – dijo, para disimular.
Pude adivinar que sus manos ardían por darle un zarpazo al diapasón, y comenzar a celebrar nuestro re encuentro con el riff de Brown Sugar.
- Bueno, pibe, me voy, gracias por los panchos – dijo él, dándome a entender que quería seguir su camino solo.
Nos abrazamos allí, entre el gentío que esperaba los colectivos. Y así, sin una palabra de despedida, nos miramos a los ojos... y Keith se fue.
Lo miré alejarse por la vereda hasta que su desgarbada figura, la silueta más rockera del mundo, se perdió al llegar a la esquina.
Lo imaginé tomando un taxi y pidiéndole al conductor que lo lleve hasta el Hotel Sheratton. ¿Qué cara pondría el taxista? ¿Llevar un cartonero hasta el Sheratton? ¿Lo reconocería finalmente, al recibir los euros que Keith sacaría de un abultado fajo, escondido en su raído sacón? No podré saberlo nunca. Esta mañana temprano, en uno de esos tantos aviones que salieron del aeropuerto, Keith Richards regresó a su mundo de fama y música. Estoy seguro que, cuando esté con Paul Mc Cartney o algún otro de sus amigos, tomando un cervezón con papitas y aceitunas - a lo grande, como son ellos - les va a contar:
- En la Argentina traté de pasar de incógnito, me disfracé y salí a la calle. Pero no lo logré, me reconoció un amigo, haceme acordar que le mande una tarjeta para Navidad.

Mi segundo encuentro con Keith Richards fue ayer, por la mañana. El primero, el que permitió que nos conociéramos y forjáramos nuestra amistad, fue hace unos dos años. Ese día, recuerdo, yo acababa de demorarme en la vereda de una disquería buscando en unas bateas de ofertas un cd de Ricky Maravilla. De pronto, a una cuadra, frente a un hotel grande y lujoso, veo un gentío que ocupaba la vereda y parte de la calle.
– Acá pasó algo – me dije, acercándome.
– ¿Qué pasó? – le pregunté a uno.
– ¡Los Rollings, ya llegan los Rollings! – me contestó el tipo, entusiasmado y mirando hacia la calle.
– ¿Los Rollings?, ¿los de verdad? – pregunté -, yo soy rolinga de la primera hora – recordé, empezando a gritar y a saltar: - ¡Los Rollings y Perón, un solo corazón! ¡Los Rollings y Perón, un solo corazón!
Una mujer me miró con asco, y eso me llevó a cambiar la arenga:
- ¡El que no salta es un Beatle! ¡El que no salta es un Beatle! – grité dando saltos y haciendo la sonrisa de Jagger con los dedos índice y pulgar.
Pero nadie alcanzó a seguir mi iniciativa, en ese momento una larga limousine se detuvo frente a la puerta del hotel y todos se abalanzaron sobre ella. Varios policías tomados de las manos, apartaron y retuvieron a la gente manteniendo un pasillo por donde los Rollings podrían pasar.
El primero que bajó fue Mick Jagger. Era como lo había visto en las revistas: flaco y feo y con una boca inmensa que sonreía permanentemente. Miró hacia todos lados sin ver a nadie. La gente gritaba enloquecida y algunas chicas parecían desmayarse. Sin dejar de sonreír, Mick saludó levantando una mano y pasó rápidamente al interior del hotel.
Ron Wood y Charlie Watts bajaron casi juntos, se acomodaron un poco la ropa y respondiendo al griterío con una sonrisa y también levantando las manos, entraron al hotel.
En el largo y oscuro automóvil quedaba uno.
- ¡Falta Keith Richards! – dijo una chica mordiéndose las uñas.
En ese momento bajó Keith. Era viejo y feo, como los otros, pero era más simpático y se veía que sonreía con más sinceridad.
Se detuvo en la vereda mientras la gente, alucinada, empujaba a los policías, tratando de tocarlo.
- ¡Hey Keith, hey Keith! – empecé a gritar yo, aprovechando que, por mi altura, él podía verme bien.
Keith me escuchó y me miró. Enfocó en mí esa mirada cetrina que conserva, a pesar de las arrugas, y me sonrió. Allí se forjó nuestra amistad.
- Mon amí, mí siente mucha satisfexion de verte – le dije gritando y tratando de que me entendiera.
Keith me guiñó un ojo, levantó una mano con el pulgar hacia arriba y luego, bajando la vista, entró al hotel seguido de un griterío infernal. Pero ya éramos amigos, allí había más de doscientas personas y al único que Keith había mirado a los ojos y saludado así era a mí. Yo sabía que no olvidaría mi rostro, como yo tampoco olvidaría el suyo.
Eso fue hace unos dos años, y el segundo encuentro, como ya dije, fue ayer, en Plaza Once.
Yo venía por la vereda de Rivadavia y me detuve a mirar unas medias que vendían a tres pares por dos pesos. Estaba por pedir rebaja, porque las que tengo ya están medio transparentes, cuando giré la cabeza y lo vi.
Era Keith, Keith Richards. Venía caminando por la vereda en mi dirección, con toda naturalidad, como si fuera uno más.
En seguida noté que estaba allí de incógnito. Se había puesto un largo y viejo abrigo y calzaba unas alpargatas algo desflecadas, pero su cabellera alterada y sus ojos brillantes y pícaros eran inconfundibles. Era él, a mí, a su amigo, no podría engañarlo nunca.
- ¡Keith, mon amigo! - le dije acercándome a abrazarlo.
Keith se detuvo y se dejó abrazar sin hablar, seguramente para que su idioma no lo delatara ante los transeúntes.
- Keith, soy yo, el del hotel, allá, cuando viniste con tus amigos, hace unos años, ¿te acordás? – le susurré al oído, recordando su condición clandestina.
Pero Keith no contestó; guardaba silencio mientras me miraba, seguramente recordando los buenos tiempos pasados desde que nos conociéramos.
- Keith, ¿cuándo llegaste? ¿estás de cayetano? ¿Alguna minita, tal vez? – le pregunté en voz baja, pegándole un codazo cómplice.
- ¿Qué te pasa, pibe? ¿Sos trolo? – me preguntó de pronto en un perfecto castellano. Reconozco que, a pesar de ser su amigo, ignoraba que dominara nuestro idioma, pero en ese momento recordé que una estrella internacional debe estar preparada para comunicarse en cualquier país.
- ¡Ehhhh, Keith, me extraña!, ¿ahora no me conocés? Hacé memoria, vos llegaste en la limousine al hotel, ¿te acordás de eso?, ¿y quién estaba ahí, eh? ¿Quién estaba? Dale, pensá,... Papá estaba, yo estaba, ¿me ubicás ahora?, el flaco, alto, que estaba atrás, ¿te acordás que me miraste y me hiciste así, con la mano?
La mirada de águila de Keith seguía escudriñándome en silencio. Su disfraz era perfecto y nadie de los que allí estaban sospechaba que ese hombre con aspecto de cartonero, era el guitarrista de rock más famoso del mundo.
- ¿Tomamos un café? – le pregunté.
- No, café no, pagame un pancho, estoy cagado de hambre – dijo cambiando su parca actitud.
Caminamos hasta un carrito cercano y le compré un pancho. Lo miré mientras comía con avidez; podía advertirse cómo disfrutaba con esas simplezas que su habitual vida de super famoso le privaba.
- Pagame otro, esto no llena a nadie – me dijo.
Compré otro pancho y se lo alcancé.
- ¿Un vinardo, tal vez,... para bajar los panchos? – le sugerí.
Arrugó un poco más su cara; por un instante pensé que me decía que no, pero aún masticando, dijo:
- Si hay blanco, mejor, el tinto me hace eructar – y para demostrar lo que acababa de decir, Keith eructó ruidosamente.
- ¿Ves? – dijo -, de sólo nombrarlo ya me cayó mal.
Pedí un vaso de vino blanco y se lo alcancé. Mientras devoraba el segundo pancho, alternado con tragos de vino, le pregunté:
- ¿Estás parando en el Sheratton? ¿Y los otros vagos? ¿Vinieron con vos?
Como estaba masticando no me contestó inmediatamente, pero me hizo una seña juntando tres dedos hacia arriba.
- Ya sé, te dejo comer tranquilo, no te calentés – le dije.
Los autos y la gente pasaban y pasaban y yo pensaba si alguno se imaginaría siquiera que allí, en esa plaza tan conocida y tan argentina, estaba uno de los más famosos músicos de la historia del rock mundial. Debía admitir que Keith estaba casi irreconocible y yo, de no ser por la amistad que nos unía, también podría haberlo dejado pasar. Era un Dios, pero con esas ropas y comiendo un pancho, casi, casi, era un mortal más.
- ¿Cómo anda la viola? ¿Siempre le seguís dando? No vayás a largar, mirá que vos sos bueno - le dije cuando lo vi limpiarse la boca con la manga del saco.
Keith, por toda respuesta, escupió sobre la vereda y se rascó enérgicamente el ombligo.
- Un bicho – dijo, para disimular.
Pude adivinar que sus manos ardían por darle un zarpazo al diapasón, y comenzar a celebrar nuestro re encuentro con el riff de Brown Sugar.
- Bueno, pibe, me voy, gracias por los panchos – dijo él, dándome a entender que quería seguir su camino solo.
Nos abrazamos allí, entre el gentío que esperaba los colectivos. Y así, sin una palabra de despedida, nos miramos a los ojos... y Keith se fue.
Lo miré alejarse por la vereda hasta que su desgarbada figura, la silueta más rockera del mundo, se perdió al llegar a la esquina.
Lo imaginé tomando un taxi y pidiéndole al conductor que lo lleve hasta el Hotel Sheratton. ¿Qué cara pondría el taxista? ¿Llevar un cartonero hasta el Sheratton? ¿Lo reconocería finalmente, al recibir los euros que Keith sacaría de un abultado fajo, escondido en su raído sacón? No podré saberlo nunca. Esta mañana temprano, en uno de esos tantos aviones que salieron del aeropuerto, Keith Richards regresó a su mundo de fama y música. Estoy seguro que, cuando esté con Paul Mc Cartney o algún otro de sus amigos, tomando un cervezón con papitas y aceitunas - a lo grande, como son ellos - les va a contar:
- En la Argentina traté de pasar de incógnito, me disfracé y salí a la calle. Pero no lo logré, me reconoció un amigo, haceme acordar que le mande una tarjeta para Navidad.

                                                                                                                            tomado de: http://rubenantolin.blogspot.com/

Por lobogabriel - 25 de Enero, 2010, 6:56, Categoría: cuento
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